Francos defendió el ajuste y los sacrificios mientras cobra $80 millones por mes en YPF
El exjefe de Gabinete justificó los recortes en universidades,
discapacidad y obra pública, mientras las familias afrontan más inflación y
endeudamiento.
Guillermo Francos no dudó cuando le preguntaron por el costo social del ajuste implementado por el Gobierno de Javier Milei. “No se puede responder a qué costo”, sostuvo el exjefe de Gabinete en una entrevista con Infobae. Para Francos, la Argentina debía “sanear la economía” después de décadas de déficit y, en ese proceso, necesariamente habría costos.
Pero justamente ahí aparece la pregunta que el exfuncionario intenta
cerrar: ¿Quién paga ese costo?
Porque hablar de equilibrio fiscal es una cosa cuando se lo observa
desde una planilla del Estado y otra muy distinta cuando el ajuste se traduce
en universidades con menos recursos, rutas deterioradas, recortes en áreas
sensibles o familias que recurren al crédito para llegar a fin de mes.
Francos fue consultado puntualmente por el periodista Diego
Iglesias sobre algunos de esos efectos: la educación pública, las
universidades, la ciencia y tecnología, las personas con discapacidad y las
rutas nacionales. Su respuesta fue defender la lógica general del ajuste y, en
el caso de la infraestructura vial, atribuir buena parte del deterioro a la
corrupción de gobiernos anteriores. El argumento oficial puede ser
válido como explicación del pasado. Lo que no responde es qué ocurre con esos
problemas hoy.
Universidades y
rutas: el costo de no gastar
El conflicto universitario es quizás uno de los ejemplos más claros. El Congreso
aprobó una Ley de Financiamiento Universitario que contemplaba mejoras
salariales y actualización de becas, pero el Gobierno decidió resistir su aplicación y llevó la
disputa a la Justicia. Mientras la comunidad universitaria continúa
reclamando por el deterioro de sus ingresos y del funcionamiento de las casas
de estudio, el Ejecutivo sostiene como prioridad preservar el equilibrio
fiscal.
Algo similar ocurre con las rutas nacionales. El Gobierno hizo de la
paralización de la obra pública uno de los símbolos de su programa de
austeridad. Pero las rutas no dejan de deteriorarse porque el Estado deje de
invertir en ellas. Los pozos, las banquinas destruidas y la falta de
mantenimiento terminan trasladando el costo hacia quienes las utilizan todos
los días.
Por eso, responder que las rutas están así por “la corrupción de años
anteriores” puede explicar una parte de la historia, pero no alcanza para
responder qué hace el Estado frente al deterioro actual. Si hubo
corrupción, debe investigarse. Pero una ruta destruida sigue siendo una ruta
destruida.
ANDIS y una
pregunta incómoda
El caso de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) agrega otra
dimensión al debate. El Gobierno justificó recortes y revisiones en la
necesidad de eliminar irregularidades y ordenar el gasto. Pero las
investigaciones judiciales sobre la agencia abrieron una discusión todavía más
incómoda: no solamente cuánto dinero se destinaba, sino qué ocurría con esos
recursos una vez que eran administrados por funcionarios y contratistas.
Las sospechas de direccionamiento de contrataciones y cobro de coimas
que alcanzaron a exfuncionarios de la agencia muestran que el problema del
Estado no necesariamente se resuelve simplemente gastando menos. También hay
que controlar cómo se gasta, quién decide y quién se beneficia.
Porque si la corrupción existe, el ciudadano no debería pagar dos veces:
primero a través de un Estado ineficiente y después a través del recorte de las
políticas que necesita.
Mientras tanto, las
familias también “sanean” sus cuentas
Hay otro costo que aparece menos en los discursos oficiales: el que
pagan los hogares. La inflación se redujo considerablemente respecto de
los niveles que recibió el Gobierno, pero no llegó a cero. Los precios siguen
aumentando, mientras tarifas y transporte también acumulan incrementos y los
salarios continúan intentando recuperar el terreno perdido.
La consecuencia aparece en un lugar concreto: el endeudamiento. Los datos del
Banco Central muestran un fuerte aumento de la morosidad de los hogares. Muchas
familias utilizan tarjetas de crédito y billeteras virtuales para financiar
consumos cotidianos y llegar a fin de mes.
Es difícil hablar de una elección completamente libre cuando una familia
tiene que decidir entre endeudarse o no comprar alimentos, pagar una factura o
cubrir un gasto básico. Y allí aparece otra frase de Javier Milei que
resume buena parte de la mirada oficial: “nadie les puso una pistola en la
cabeza para endeudarse”.
El problema es que una familia que necesita crédito para comprar comida
no está tomando una decisión financiera desde la comodidad de una planilla de
Excel. Está tratando de llegar al próximo sueldo.
El contraste que
deja a Francos expuesto
Y hay un dato que vuelve todavía más incómoda la defensa de Francos.
El exjefe de Gabinete dejó el Gobierno, pero continuó como director titular de
YPF en representación del Estado. Mientras ejercía como jefe de Gabinete había
ocupado ese lugar ad honorem. Después de dejar el cargo comenzó a percibir
honorarios.
Según información publicada sobre la remuneración aprobada por la
petrolera, los integrantes del directorio reciben en promedio alrededor de $80
millones mensuales. Francos, que antes no cobraba por esa función, pasó
a hacerlo después de abandonar la Jefatura de Gabinete.
No hay ninguna ilegalidad en cobrar por un cargo para el que fue
designado. La cuestión es otra.
Francos habla de que “sanear la economía significa que va a haber costos”.
Pero para una parte importante de la sociedad esos costos significan perder
poder adquisitivo, endeudarse, resignar servicios o postergar necesidades
básicas. Para él, después de dejar la Jefatura de Gabinete, significaron
también incorporarse a un directorio con una remuneración millonaria.
La distancia entre ambas realidades no invalida por sí sola sus
argumentos económicos. Pero sí permite hacer una pregunta perfectamente
legítima: ¿desde dónde se habla cuando se dice que el sacrificio es inevitable?
La estabilidad fiscal puede ser una herramienta necesaria. Lo discutible
es convertirla en una explicación que cierre cualquier debate sobre sus
consecuencias. Porque sí importa a qué costo.
Importa para el estudiante que pelea por el presupuesto de su
universidad, para quien transita una ruta deteriorada, para la persona con
discapacidad que necesita una prestación y para la familia que llega a fin de
mes con la tarjeta al límite. Y también importa quién está en condiciones de
soportarlo y quién no.
Francos dice que el costo del saneamiento es inevitable. El problema es
que, hasta ahora, parece haber quienes pagan mucho más que otros.
◾Fuente: Infocielo