Programa Nacional Remediar: de 79 medicamentos gratuitos a solo tres
Uno de los pilares del sistema de atención primaria desde 2002, dejó de
funcionar como lo conocíamos.
El Gobierno lo llama “modificación”, pero cuando uno rasca un poco la
superficie, la palabra que aparece es otra: recorte.
Porque el dato es simple, concreto y difícil de maquillar: el Programa
Nacional Remediar, uno de los pilares del sistema de atención primaria desde
2002, dejó de funcionar como lo conocíamos y pasó de un vademécum de 79
medicamentos esenciales gratuitos, que incluían desde antibióticos y
analgésicos hasta tratamientos respiratorios, digestivos y ginecológicos, a
concentrarse en apenas tres drogas: amlodipina combinada con losartán,
rosuvastatina e hidroclorotiazida, todas orientadas a patologías
cardiovasculares; el resto, directamente, quedó fuera del esquema nacional.
La reacción oficial no tardó en llegar y lo hizo con el tono de época:
desde la cuenta de X @RespOficial_Arg, la denominada “Oficina de Respuesta
Oficial” del Gobierno, se habló de “mentira descarada” y se defendió una
supuesta reorientación estratégica del programa; lo interesante no es solo el
mensaje sino quién lo emite, porque detrás de esa cuenta no hay anonimato sino
un dispositivo de comunicación política que responde al área que conduce Juan
Pablo Carreira, director de Comunicación Digital de la Presidencia, desde donde
se articula una lógica cada vez más explícita: no solo informar, sino
confrontar, desmentir y marcar agenda en tiempo real desde canales estatales
sin firma política directa.
El argumento oficial, en sí mismo, no es ilegítimo: sostienen que la
Nación debe concentrar recursos en tratamientos de alto costo (oncología y
enfermedades poco frecuentes) y que las provincias, como establece el esquema
federal, deben asumir la cobertura de los medicamentos básicos; el problema no
está en la teoría sino en la implementación, porque hasta ahora no se detalló
ningún esquema concreto de compensación financiera ni un mecanismo operativo de
transición que garantice que los centros de salud sigan contando con lo que
hasta ayer recibían de manera regular, y en sistemas complejos como el
sanitario, los vacíos no son neutros, se llenan con falta.
Durante más de dos décadas, el Programa Nacional Remediar no fue un
complemento sino una pieza estructural del primer nivel de atención: abasteció
a miles de centros de salud en todo el país y permitió sostener tratamientos
básicos que evitaban que lo leve escalara a urgencia; sobre esa base, las
provincias organizaron presupuestos, logística y cobertura, por eso cuando esa
pieza se retira sin reemplazo claro, lo que aparece no es una “reorganización”
sino un descalce, algo que ya empieza a verse en los movimientos concretos del
sistema: Santa Fe avanzando en licitaciones propias para cubrir el faltante,
Tierra del Fuego con su ministra de Salud, Judith Di Giglio, advirtiendo
públicamente que el fin del programa genera “gran preocupación” por su impacto
directo, y distintas jurisdicciones del norte planteando en el ámbito del
COFESA el riesgo de desabastecimiento si no hay una respuesta coordinada, según
se informó la Agencia Noticias Argentinas.
Los informes de la Fundación Soberanía Sanitaria y los relevamientos
provinciales coinciden en un punto incómodo: la reducción del vademécum implica
que medicamentos de uso masivo (antibióticos, analgésicos, tratamientos para
enfermedades respiratorias, infecciosas o digestivas) dejan de estar
garantizados por el esquema nacional, y ahí aparece una de las tensiones más
crudas del debate, porque lo que en una planilla puede clasificarse como “bajo
costo”, en la vida real no lo es para quien vive al día y depende de ese acceso
para no interrumpir un tratamiento o evitar una complicación mayor.
La discusión de fondo, entonces, no es si hay que priorizar (porque en
un sistema con recursos limitados siempre se prioriza) sino cómo y con qué
respaldo se hace, porque desarmar una red extendida sin explicar con precisión
qué la reemplaza no es solo una decisión técnica sino una apuesta, y las
apuestas en salud pública tienen una característica incómoda: cuando fallan, no
se corrigen con relato ni con un tuit, se pagan en la saturación de guardias,
en tratamientos interrumpidos y en costos que terminan siendo mucho más altos
que aquello que se buscaba ahorrar.
En paralelo, el Gobierno avanza con iniciativas como el Plan Nacional de
Calidad en Salud, impulsado por el propio Ministerio que encabeza Mario Lugones,
orientadas a mejorar estándares e indicadores, lo que vuelve todavía más
evidente la tensión entre el diseño de largo plazo y la fragilidad del
presente, porque ningún sistema gana calidad si pierde su base, y el primer
nivel de atención no es un detalle administrativo sino el dique que contiene la
demanda del resto del sistema; cuando ese dique se debilita, lo que sigue no es
eficiencia sino sobrecarga.
Al final, la discusión se ordena sola: no se trata de si el Estado se
achica o se agranda, sino de cómo redefine sus prioridades y, sobre todo, a
quién deja afuera en ese proceso; porque esta vez el ajuste no pasó por una
partida abstracta ni por una discusión técnica de escritorio, pasó por algo
mucho más concreto y mucho más tangible. Pasó por el botiquín de los que no
pueden pagar. Y cuando el ajuste entra por ahí, deja de ser un número: se
convierte en enfermedad.
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Fuente: NA